Eran hermosos aquellos zapatos. No solo hermosos, también cómodos y maravillosos.
Maravillosos, porque yo me sentía como una princesa cada vez que me los ponía.
La transformación era vertiginosa, pues pasaba de ser la Cenicienta de mi casa a sentirme bella perfecta y joven.
Eran autenticamente mágicos esos zapatos. Con razón, porque casi, casi venían del cielo, pues en ellos se reflejaban todos los colores del arco íris. Pero un día, una bruja malvada me miró mal, muy mal. La envidia es así y mis pies tropezaron en un sortilegio incomprensible. Ese día, no llevaba mis zapatos mágicos y ya no tuve más remedio que esperar a otro verano para poder volver a transformarme en una bella princesa.
