El amanecer encontró a los
piratas avistando a menos de media legua todo el recinto monacal, y la gran
torre ya construida para su defensa. Había también varios edificios más
pequeños que parecían hechos provisionalmente para dar albergue temporal a
algunas personas. A la puerta del edificio principal se podía vislumbrar lo que
parecían un par de caballerías y tres o cuatro personas.
Ocultos
entre la maleza, todos esperaron a ver lo que ocurría con esa miscelánea de
animales y gente excepto Ahmed, que
ocultando su menudo cuerpo entre la maleza y las pocas rocas que había, fue
acercándose sigilosa aunque rápidamente.
Al
poco, regresó donde le esperaban el resto de los piratas y le comunicó a su
jefe que había visto a un monje de habito negro y dos personas que parecían
siervos, que habían tomado el camino de la villa junto con dos mulas aparejadas con alforjas, que le
habían parecido llenas, además en el momento en que se despedían del monje,
este les había entregado una talega que debía contener algo importante, pues
uno de los caminantes la había ocultado con mucha celo bajo sus ropajes. Y por
lo que él podía intuir, se dirigían hacia la villa que distaba unas tres leguas
a poniente. Y sí pretendían hacerse con ese botín, deberían darse prisa y
atajarles en el camino que pasaba cerca de donde se hallaban ellos.
Al
oír esto, el jefe de los salteadores, hizo gestos a su gente de que apresurasen
el paso al mismo tiempo que les imponía silencio llevándose un dedo sobre los
labios cerrados. Avanzaban entre las peñas y los matorrales, callados,
silenciosos, acercándose poco a poco a la pareja de cristianos que llevaban a
las mulas del ronzal, pues no tenían prisa por llegar a la villa, sabiendo que
no les alcanzaría la noche en su viaje.
No contaban los mahometanos que a
veces, los animales están más advertidos que los humanos, y Manuel, pues era él
uno de los caminantes, se percató de que su mula ponía la orejas tiesas y las
movía a derecha e izquierda, como aventando algo extraño. Paró un momento en su
andadura, se giró mirando el camino que habían dejado atrás pero no advirtió
nada extraño, así que continuaron la marcha, pero al poco la otra mula relinchó
y estiró las orejas tratando de acelerar el paso.
Ante
estas señales, Manuel puso más atención en su vigilancia y por si acaso, le
dijo a su acompañante – Aprovechando que las alforjas están vacías, montemos en
los animales y apretemos el paso, pues me barrunto algo extraño, como las
acémilas-
Así
lo hicieron y en ese momento, cuando los mahometanos vieron que montaban los
animales y les arreaban, salieron de sus escondrijos y corriendo intentaron
alcanzarlos, cosa prácticamente imposible pues las bestias estaban descansadas
y al oír el griterío corrían como alma que lleva el diablo.
Una
de las veces que giro la cabeza hacia atrás para ver como ganaban ventaja,
Manuel vio un cuerpo que le era familiar, fijándose en su cara, que aunque iba
semioculta por un turbante si le pareció
advertir que era un conocido converso de la villa, el albañil, ¡era
Ahmed! Cuando llegara a la villa avisaría a las autoridades. Tenía razón su
amigo en advertirle sobre este traidor.
Como
era él el que llevaba el mensaje del prior para el rey, en cuanto perdieron de
vista a los mahometanos, le dijo a su acompañante, que era un buen conocedor
del terreno, que diese la vuelta y por otro camino, aunque fuese a través de la
maleza, se dirigiese rápidamente al cenobio, y avisase a los monjes y aparceros
que allí se hallaban, de que había una partida de berberiscos en las
inmediaciones, que se cuidasen y se pusiesen a buen resguardo, que por muy
rápidos que fuesen los moros, él con la mula iría mucho más ligero y avisaría a
tiempo.

Al
poco tiempo de conquistar la ciudad de Cartagena, el infante Don Alfonso había
nombrado gobernador del castillo que pensaba reconstruir a uno de los alféreces
que le acompañaron en la conquista. El señor de Ripoll, aragonés él, era uno de
ellos, y al mismo tiempo nombró varios regidores de entre los caballeros que le
acompañaban. Estos se habían encargado de nombrar a algunos de los habitantes
de la ciudad como ayudantes suyos mientras se hacían con las costumbres y modos,
ya que en la ciudad o villa, aún se conservaban muchas de las costumbres
visigodas que habían ido transformándose en costumbres andalusíes y al final
eran una mezcolanza entre los usos que quedaba de lo antiguo y los nuevos
hábitos impuestos por los mahometanos, así que la villa era una mezcla de
idiomas, de romance castellano y árabe.
Muchos
de estos árabes, eran ahora conversos, pero poco de fiar, como le comentó
Manuel al gobernador del castillo al llegar a la ciudad.
El señor de Ripoll, en ausencia del rey,
enseguida notificó a doña Violante, la reina, de la traición ocurrida a la
expedición. Se decidió poner atención
extrema en estos personajes que jugaban a dos bandas y tomar como ayudantes
únicamente a los habitantes más fiables de la villa, para descubrir a los
farsantes.
En
ausencia del rey, le fue entregada a la reina la carta que portaba Manuel, como
encargo del Prior del monasterio.
Doña
Violante, una vez en el salón de audiencias, ordenó al gobernador del castillo
de que diera lectura a dicha carta, y este comenzó a leer:
A vos Majestad,
Me dirijo humildemente a vos,
mi señor Don Alfonso, rey de Castilla, e Toledo, de León e de Gallizia, de
Sevilla, de Córdova, de Murcia e de Jaén. Para pediros nos sea otorgado por vos
en vuestra real sabiduría, a estos humildes ermitaños Agustinos del Monasterio
de La Jara, otro lugar más cercano a la villa, para poder instalarnos, pues en
estos parajes las razzias berberiscas no dejan medrar los huertos y los
campesinos huyen despavoridos, quedando nuestro mantenimiento muy mal parado, al
ser nuestra orden mendicante y no tener más sustento que el que nos otorgan los
fieles y la propia naturaleza del huerto, que esta tan mermado por los ataques
y robos de los indeseables piratas.
Como Prior de esta
comunidad de Agustinos ermitaños, rogamos a vos, Majestad, podamos ser
trasladados al lugar llamado “La Fuente Santa” a las afueras de la villa y allí
poder trasladar el convento Agustino, bajo la advocación de San Juan.
Esta comunidad espera que vos
Majestad, nos otorguéis la gracia de
este privilegio.
Dios guarde a su Majestad
por muchos años.
Vuestro servidor. Fray Pero
Prior de La Jara.,
La
reina, escuchó con atención la solicitud de los frailes Agustinos….
ACLARACION DE LA AUTORA:
Si me he decidido a escribir sobre este tema tan cartagenero, como es la obra que dejó el monarca Alfonso X El Sabio, en nuestra tierra, ha sido por hacer por mi parte un pequeño y humilde homenaje a dicho rey, tan importante en nuestra historia de España y porque en el presente año en el que nos encontramos se cumplen 800 años de su nacimiento, (1.221-2.021). Soy una gran admiradora de la vida y obra de Alfonso X y su tiempo.